Benditos nervios
La primera vez que entendí que los nervios servían…
Llevaba meses escribiendo el TFM de Literatura, leyendo y relacionando ideas de novelas de Sara Mesa. Y cuando llegó el día de defenderlo, mi mujer estaba a punto de dar a luz.
No pude viajar a la ciudad de mi universidad. Me dejaron hacerlo online. En teoría, cómodo. En la práctica, desconcertante: yo necesitaba ver al tribunal en vivo, leer gestos y sentir si iba por buen camino. En pantalla todo era más frío. Más raro. Como hablarle a un espejo.
Diez minutos antes, me temblaban las manos. Y me vino la idea típica: “¿y si me quedo en blanco?”.
Pero ahí entendí algo: los nervios no venían a hundirme, venían a avisarme de que importaba.
Así que los usé. Me preparé como si fueran una señal. Me escribí en un papel tres anclas al lado del portátil:
La idea central en una frase,
el esquema en tres pasos,
un cierre breve por si me perdía.
Empecé nervioso… pero más claro. Más preciso. Más presente. Y cuando terminé, no pensé “menos mal que se pasó”, sino:
“Bien. Esto merecía respeto”.
Desde entonces, cuando aparecen los nervios, no los insulto. Los escucho: me están diciendo que lo que estoy a punto de hacer es importante y es necesaria mucha dedicación.
Después me pondría más nervioso todavía de camino al hospital. Lo que estaba a punto de nacer sí que era importante, mucho más importante.
¿En qué momento te han servido los nervios como brújula?
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