¿Te ha pasado?
Como cada verano, nos cruzamos la península en coche, pero esta vez tenía algo distinto en la mente.
Después de hacer parada en Zamora, los cuatro llegamos a Galicia para disfrutar de sus paisajes, temperaturas más bajas, playas de arena blanca o un buen furancho.
Nos movimos por la costa e hicimos algunas paradas relacionadas con la literatura como el museo Valle-Inclán o la casa de Rosalía de Castro.
Mis hijos se lo pasaron en grande en la aldea de los Grobits en La Toja, en las islas Cíes o en el acuario de La Coruña.
Pero había algo que seguía sin conseguir. Había imaginado un lugar, lo había soñado e incluso escrito sobre él sin haberlo pisado ni visto nunca. ¿Te ha pasado? Era el escenario para mi nueva novela, quería que fuese real, pero… ¿y si solo era fruto de mi mente?
Fue en los últimos días en la provincia de La Coruña. Seguíamos la ruta marcada por un amigo coruñés. Estuvimos en los acantilados del cabo Ortegal, en un pequeño pueblecito llamado San Andrés de Teixido, casi me derriba el viento en la garita de Herbeira, vimos caballos salvajes y un grupo de vacas invadió la carretera despertando las risas de los niños. Estaba siendo una jornada espléndida, pero faltaba Mi Lugar.
Llegamos tarde para comer a Cedeira, pero nos atendieron en una pizzería. Después, decidimos quedarnos en la playa, una playa de ría.
Era una playa junto al pueblo, pero de aspecto salvaje, con una gran duna de arena y colinas llenas de vegetación al fondo. Ana y yo nos tumbamos en las toallas, mis hijos jugaron en la orilla y no había mucha gente. El viento había amainado y, de fondo, se escuchaba el concierto de un grupo en un parque cercano tocando éxitos del pop español.
Y, de pronto, comprendí que aquella calma, aquellas sensaciones, aquel instante a más de mil kilómetros de casa, no eran nuevos. Ya los había vivido. O quizá no: los había imaginado. Era, en realidad, el escenario de la historia
que hasta entonces solo existía en mi mente.
Y entonces vi a un pintor con su lienzo trabajando sobre la arena, un hombre que en lugar de plasmar el paisaje, pintaba una y otra vez a la misma mujer. También imaginé a Gema, una bibliotecaria de Zamora escapando de un desamor. Y sería allí, en aquella misma playa, bajo aquel sol y sobre aquella arena, donde se encontraran para mi nuevo libro: Los equilibrios posibles.


